De nuevo en medio de una vorágine de actividad y prisas. Olvidada ya la sensación de andar descalzos sobre la arena caliente y ese alivio, al sumergir los pies en el mar después de atravesar corriendo una maraña de toallas y sombrillas. Recordamos muy levemente nuestros pies siempre con algo de arena mientras retozan libres en unas chanclas.

Se nos ha olvidado también cerrar los ojos en mitad del día para que el sol nos dé en la cara porque cuando corres de un sitio a otro es mejor llevarlos bien abiertos. ¿Quién puede mirar hacía dentro teniendo tantas cosas que atender fuera?

Hemos cambiado los desayunos relajados con sabor a sandia y melón, charlando, leyendo o viendo algo en el móvil por un café que se ha queda medio frio, tomado a trompicones entre quejas, voces y el mantra de cada día: «acaba ya que llegamos tarde». Sus caritas de dormidos y sus pelos a lo loco son los mismos, pero los abrazos y los besos duran menos, son fugaces, parte de una rutina que no nos deja ver que hoy son un poquito más mayores.

Los paseos con poco ropa y muchas bolsas camino a la playa o la piscina se han tornado por carreras de obstáculos cargados de chaquetas, jerséis, mochilas y bolsos hasta el colegio, el trabajo o el coche. Y aunque llevamos la radio puesta no cantamos, casi ni oímos mientras resoplamos porque hay atasco, porque ese coche casi me da, «quítate de ahí hombre», «es que no sabes conducir»… Si miras hacía atrás les ves en su silla, siguen medio dormidos, con cara de «esto no va conmigo», sin esa energía que les hacía soltar los juguetes e ir directamente al agua mientras tú gritas: «espera, primero la crema».

Dias interminables que se hacen cortos, en los que no llegas a todo y a veces a nada. En los que nos vemos poco y hablamos menos porque  quedan muchas más cosas por hacer. Sigues, no paras y les llevas tirando de ellos  del brazo a ballet, tenis, piano, futbol mientras miras el móvil porque te ha llegado otro email, el reloj porque de nuevo vais tarde y para colmo llueve (más atasco, me mojo, se manchan, nos resfriamos…).

Se acabó la copita de vino al atardecer, ¿a qué hora es el atardecer?. La cena para uno, para el otro, para ti y para él, viendo las noticias que apenas sientes o  pasando las fotos que te aparecen en Instagram o las dos cosas a la vez. Y llegas con las fuerzas justas a la cama para darle un beso en la mejilla y decir buenas noches sin acordarte de las cenas al aire libre, el olor del galán de noche del jardín de tu madre y las conversaciones que a veces se hacen largas y otras veces derivan rápido en un cómodo silencio.

Echas de menos el verano, en realidad te echas de menos a ti misma que te has perdido al volver. No es por el otoño, no tiene la culpa. Él que viene a refrescarnos, a enseñarnos a combinar el amarillo con el naranja y el rojo, que nos regala la rutina confortable y días más cortos para sentir el calor del hogar. Somos nosotros los que olvidamos vivir, ver y sentir. Los que nos llenamos de listas de quehaceres interminables, los que nos abocamos al fracaso por expectativas ridículamente imposibles. Los que dejamos de cuidar a quienes nos necesitan por cuidar todo lo demás. Que sobretodo olvidamos atendernos a nosotros mismos, consentirnos, mimarnos, permitirnos.

Ya no tengo arena en los pies pero esta vez quiero probar a pisar la tierra húmeda o disfrutar del pelo de unas buenas zapatillas de estar por casa. Las cosas empiezan por darse cuenta y yo estoy despertando.